sábado, 26 de noviembre de 2016

Asistolia

La primera vez que ves morir a alguien es de esas cosas que no te olvidás nunca en la vida. No digo la primera vez que ves un muerto o que reanimás un paro (ya ni sé cuándo fue), la primera vez que alguien se muere en-tu-cara. Está ahí, hablándote, diciéndote alguna cosa ridícula (¿por qué todo el mundo tendrá ganas de hacer caca o de tomar agua o de hablar por teléfono cuando está a punto de morirse?) y de un segundo a otro -literalmente, de un segundo a otro- deja de tener una historia y anécdotas para contar y proyectos pendientes y amor para dar y pasa a ser un objeto inerte sobre la cama, un montón de cajas desordenadas puestas así nomás una encima de la otra. Cada vez que lo pienso me resulta más perturbador.


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