sábado, 26 de noviembre de 2016

Asistolia

La primera vez que ves morir a alguien es de esas cosas que no te olvidás nunca en la vida. No digo la primera vez que ves un muerto o que reanimás un paro (ya ni sé cuándo fue), la primera vez que alguien se muere en-tu-cara. Está ahí, hablándote, diciéndote alguna cosa ridícula (¿por qué todo el mundo tendrá ganas de hacer caca o de tomar agua o de hablar por teléfono cuando está a punto de morirse?) y de un segundo a otro -literalmente, de un segundo a otro- deja de tener una historia y anécdotas para contar y proyectos pendientes y amor para dar y pasa a ser un objeto inerte sobre la cama, un montón de cajas desordenadas puestas así nomás una encima de la otra. Cada vez que lo pienso me resulta más perturbador.


jueves, 10 de noviembre de 2016

Neutropenia febril.

M. era mi paciente favorito. Me suena que no está muy bien tener pacientes favoritos igual. Lo conocí enseguida después de terminar el primer año de la residencia; una picadora de carne de la que si salís con UNA neurona viva y todavía podés sentir algo y empatizar con alguien tenés que brindar. Un linfoma con un pronóstico de mierda que contra todas las estadísticas estaba respondiendo muy bien.

Un día, hace unos meses, me enteré de casualidad mientras rotaba en otro servicio que M. se había muerto. Siempre nos "peleábamos" porque NUNCA se quería internar, siempre terminábamos haciendo un manejo ambulatorio absurdo y contra toda norma y siempre zafaba. Había empezado con fiebre el fin de semana y se jugó a esperar hasta el lunes porque pensaba (sabía) que iba a terminar convenciéndonos de alguna conducta infectológica bizarra para no internarse. No llegó. Una Pseudomonas o algún otro bicho de mierda de esos.

Las enfermedades oncohematológicas son por lejos las que tienen un curso más teatral, cinematográfico de todas. Todo tiene nombres grandilocuentes (crisis blástica, remisión completa, CyBorD, HYPER-CVAD, galactomananos), cada mínima manchita en la piel termina en pantomografía, cada intercurrencia es una catástrofe y cada fiebre es ametralladora de antibióticos que indicás con mano sueltísima y que no me convencés ni en pedo de poner en otra situación. 

Los descenlaces también siempre son espectaculares, catastróficos. Otros finales son más lentos y agónicos (un cáncer metastásico), o más impredecibles y rápidos (una FV, una embolia pulmonar); los linfomas y leucemias tienen una cosa muy de estar días, semanas, meses en una vorágine de quimio - neutropenia - fiebre - antibióticos x 1000 - nueva quimio y así, hasta que PAF un evento final (una hemorragia cerebral inesperada, un shock séptico del que no sale) y te quedás como si al final de la receta te das cuenta de que la crema que acabás de ponerle está agria y tenés a todos los invitados esperando muertos de hambre.

En la vida a veces me pasa igual. Estoy meses quemándome la cabeza con algo y sopesando mil variables para tratar de entender qué tengo que hacer, hasta que de golpe me cae un alud de mierda encima. Y ahí me quedo un poco descolocado, tipo y ahora qué. Y ahora nada, salame, a veces las decisiones se toman solas.