jueves, 2 de junio de 2016

Cuando recién aprendí a cocinar me pasó algo parecido a cuando entré en esa parte de la carrera en la que de un día para el otro entendés cómo-funciona-y-cómo-se-rompe-el-cuerpo: cada cosa nueva es una revelación magnífica, espectacular, tipo fuegos artificiales porque aprendiste la fisiopatología de la sepsis o a amasar pan. Un poco más tarde crecí, me rompieron el corazón un par de veces, salvé un par de vidas y me cargué otras tantas, aprendí a calcular a ojo la proporción harina-levadura-agua para el pan. Después de eso viene una cosa como de aprender de una forma entre infantil y de chamán, un empezar a ver las cosas mínimas, las pequeñas señales y encontrarles silenciosamente y sin espamento un patrón que en general no falla.

Escuchar el ruido que hace el ajo sobre el aceite caliente, sentir el tacto del cuchillo sobre la tabla o la textura de la leche en el café, ver cómo salpica el vino sobre la copa al servirlo para darte cuenta si están a punto. Oler la sopa y saber si está bien o si el brócoli ese está sobrecocido. Sentir el punto de la carne sólo con sólo pispearla sobre el fuego. Ver algo indescriptible en la cara, en el color de la piel, en el timbre de voz a un tipo que tenés ahí adelante, parado y hablándote como si nada de todo lo que va a hacer cuando salga de acá y darte cuenta enseguida de que no va a salir nada y de que no sé si hoy, mañana o en una semana pero se va a morir; que otro abra la puerta del consultorio y con sólo ver -de costado y mientras terminás de escribir- cómo se suena la nariz darte cuenta de que no tiene nada o que el HIV que le pediste es positivo.

En el amor no es tan fácil, eso sí.

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