lunes, 31 de mayo de 2010

TEG


Cuando a mí me gusta alguien me vuelvo más estratega y calculador que de costumbre. Lo malo de eso es que -cuando la estrategia funciona- por momentos me ataca la duda de narcisista e inseguro que se pregunta si el éxito significa que ese gustar es mutuo o es simplemente la expresión fáctica del scripting maquiavélico.

Del otro lado del mostrador, pocas cosas me conmueven más que ver que el otro se esfuerza por gustarme; más aun cuando en el fondo yo sé que nada de eso es tan indispensable y que es muy probable que me gustara de todas formas.

Recuerdo que una vez G. (que además de tomar procenex cocinaba pésimo, pabre) me invitó a comer su especialidad, un pollo al horno con nomeacuerdoqué que -sincerémonos- de especial no tenía mucho. "Está buenísimo", mentí un poco en un momento; y él se deshizo en explicaciones y disculpas del tipo de "No, le falta tal cosa, además a vos la otra vez te salió mejor y lo improvisaste en un minuto y blablabla". Lo frené en seco, lo miré a los ojos sonriendo y le dije que "Yo no vine a hacer una crítica gastronómica ni a buscar al sucesor de Francis Mallman, vine porque tenía ganas de comer con vos".

A lo mejor es un poco eso. Aceptar que más allá de toda la procesión de planes macabros que va por dentro el otro está -por un minuto, al menos- eligiéndolo a uno entre todo el resto. Al final de cuentas, matemáticos y conspiradores somos todos, pero uno no se queda a soñar con pitufos al lado del primer salame que le recita la fórmula para calcular cuánto valen dos desvíos estándar, ¿no?

domingo, 16 de mayo de 2010

Rata almizclera

No importa qué parte de mis cosas revuelvas o aprietes, siempre terminan saliendo de modo en apariencia casual segmentos de mi neurosis que se simulan inconexos pero que si te fijás con un poco más de detalle en realidad tienen tanto que ver entre sí que te dan unos escalofríos horribles.

El otro día buscaba un inconseguible de Scriabin por Glenn Gould editado por la Deustche Grammophon que en algún momento le robé a mi padre y que ahora me reclama como si se tratara del Santo Grial. No lo encontré, obvio, y empiezo a tener terror de haberlo perdido en alguna de las cuatro veces que me mudé en el último año. En su lugar apareció un disco de aspecto inocente que no tiene ni fecha ni nombre y que aloja un Grandes Éxitos de Chavela Vargas, un capítulo de Heroes, tres pdfs (Guía de manejo de infecciones de transmisión sexual, algoritmo diagnóstico para exantemáticas y trabajo sobre el Síndrome de Reynaud que me encanta) y un .doc -que a pesar del nombre no tiene nada de académico- escrito de un tirón el año pasado en los días inmediatamente previos e inmediatamente posteriores a mi divorcio, y que estaba prácticamente seguro de haber borrado de todos lados.

Yo tengo una tendencia que no sé si es una cagada o si es muy productiva y buena para el alma, pero en cualquier caso es bastante marcada: no me cuesta nada partir la realidad en lonjas y quedarme sólo con las que me interesan. Al mismo tiempo hay otra tendencia que no sé si se contradice con la anterior o no -¿acaso importa?-: me gusta guardar las cosas (incluso las más feas) durante un buen tiempo, como para después encontrarlas así, de casualidad y cuando seguramente ya son poco más que una imagen borrosa y musicalizada (¿no decía Tom que en la memoria todo parece acontecer con música?), y no poder hacerme el pelotudo fingiendo que nada de eso pasó.

Dice el coso este en una parte: "En el fondo, ¿qué es lo que lo definía? ¿Todas las cosas que fue y que hizo desde siempre sin importar el contexto y las circunstancias, o las cosas que hizo en un momento y en una realidad y en un sistema de coordenadas determinado?" La respuesta es no sé. Supongo que depende qué parte de la realidad haya elegido para hacerme un sándwich cuando me lo preguntan, ¿no?

martes, 11 de mayo de 2010

Cortina de Hierro



Porque tienen "una imagen que mantener" ninguna de las dos partes lo aceptará jamás, pero lo cierto es que yo sé que existe una suerte de batalla silenciosa entre los libros del estante blanco-grisáceo (sobre el cajón) y los demás, que son un poco más estridentes. A veces me hago jurarme a mí mismo que los voy a mezclar para terminar con esa paparruchada que me huele a dicotomía judeoislámica barata, pero al rato lo pienso mejor y creo que me gusta esto de que en mi casa se libren guerras frías en otros lugares además de en mi cabeza.

sábado, 1 de mayo de 2010

Narcisismo doméstico


Yo estoy muy de acuerdo con eso de que las casas (como las mascotas, los libros y la ropa) hablan mucho de sus dueños. También con aquello otro de que hay lugares de la casa en particular que tienen un montón de cosas más para decir que otros.