lunes, 12 de abril de 2010

El amor y la espirometría



El virus del sarampión tiene un solo serotipo. Si te contagiás –y salvo que tengas la pésima suerte de que en unos años te morfe una panencefalitis esclerosante subaguda– te podés quedar relativamente tranquilo y exponerte al bicho como si tal cosa: no te lo vas a volver a agarrar.

No sé por qué extraña secuencia lógica uno (yo, al menos) tiende a pensar que en las relaciones, en el amor, las cosas deberían ser de la misma manera. Onda conocés a alguien, te gustateenamorásorwhatever, pensás y planeás un montón de cosas de una belleza variable, después te desengañás con una estrepitosidad que depende del caso, te duele un tiempo, te curás (o te morís, claro, pero seamos optimistas por una vez) y te quedás con unos lindos anticuerpos neutralizantes dando vueltas para que la próxima vez que te crucés con el virus todo ese proceso sea mucho menos engorroso e invalidante.

Pues bien, es un hecho que la medicina está más cerca de la brujería supercherística más flagrante que de las ciencias exactas. El amor también, pero de cualquier manera (por si no se habían dado cuenta ya) les cuento que me encanta buscarle un patrón a TODO.

A mí todo el asunto me huele más algo parecido a lo que pasa en la fibrosis pulmonar idiopática (N. del R. como yo suelo ser asquerosamente diplomático, siempre me gustó mucho la expresión ‘idiopático’: no es otra cosa que una forma recanchera de decir que en realidad no tenés ni putísima de por qué pasa lo que pasa). Dice uno de mis libros de cabecera que la FPI está causada por “ciclos repetidos de lesión pulmonar aguda causada por un agente no identificado (…) que acaban conduciendo en último término a la fibrosis generalizada y pérdida de función respiratoria.”

¿Acaso el amor no es eso, además de los zapatos y vaya uno a saber cuántas metáforas más? Uno cree, quiere creer, se convence de que gracias a todos esos muertos que hay en el placard en realidad esta vez todo será más fácil; y sin embargo después te desayunás con el ladrillazo en la jeta de que –a pesar de que a lo mejor no duela (tanto), de que a las pocas horas sigas con tu vida como si nada y con un poco más de tiempo te olvides casi por completo del asunto– en realidad hay algo que se sigue rompiendo, fibrosando irreversiblemente y que más allá de cuál sea el curso del cuadro la vez siguiente te queda la certeza de que hay zonas de cicatriz que –no importa lo que pase o lo que hagan vos o el resto– ya no podés recuperar, y otras zonas sanas que –también, independientemente de todo– quedan más expuestas para ser lesionadas la próxima vez que el ciclo se repita.

A mí lo que me parece más ñoñamente interesante, de cualquier modo, es que “La progresión de un paciente individual es impredecible.” Entonces en una de esas un día conocés a uno que le pone sin que te des cuenta redoxon, centrum, actimel y suero hiperinmune al café con leche que te prepara todas las mañanas, y ese proceso se frena. O un día te agarrás la bronquitis definitiva, y te quedás con los pulmones hechos un panal de abejas e inutilizados para definitivamente. Escalofriante, ¿no?

4 comentarios:

melquíades dijo...

Al final le hicimos caso a w. cuando nos insistió para que escribiéramos todo esto.

final del juego dijo...

un amor que se va, para mi, es como la mononucleosis.

tiene su periodo de agonia imposible durante un corto periodo de tiempo, despues hay de 18 a 20 meses en que la infeccion primaria se apacigua, pero la realidad es que el Virus Ebstein Barrse no se va: se elimina intermitentemente durante toda la vida.

pero la vida es mas puta, porque mientras que en la mononucleosis es muy dificil que recaigas dos veces, yo me enamoro al menos dos veces por dia!

placer de leerlo, m.

Chuchini dijo...

una de las genialidades más grandes que lei... sos la homeostasis entre lo medicinal y la vida diaria un abrazo

melquíades dijo...

final de juego: pero qué lindo que es el EBV, ¿no?

chuchini: un beso!