domingo, 11 de abril de 2010

Dijon

Hace un rato se fue S. Había venido a casa en tono de asilo político que le ofrecí gustosísimo.

No aplica decir que tenemos la segunda complementaria de Freud en común porque no nos veíamos demasiado seguido cuando yo era chico, pero me divierte mucho ver que aun así hay un montón de rasgos estructurales, de rayes y de pequeños placeres que compartimos y que me queda pensar que en realidad se llevan en –ponele- el brazo largo del quinto cromosoma, o en el apellido, o en algún lado así que tengamos en común los dos.

Me juró que comimos rico, hablamos mucho de un montón de cosas, y hace un ratito se fue porque al final no hizo falta que se quedara a dormir. Una lástima que se haya perdido uno de mis desayunos de domingo a la mañana, que según me dijeron tienen buena fama.

Yo abrí la ducha para bañarme, me acosté directamente sobre el alcolchado esperando a que se caliente el agua y me quedé dormido unos microinstantes sin querer. En ese lapso soñé de vuelta con un frasco de mostaza roto en el piso de la cocina, incluso misma ropa que antes; soñé que me cortaba otra vez al tratar de juntar los pedazos, pero que dolía con un dolor sordo que extrañamente tenía más aspecto de visceral (mediastínico, arriesgaría) que de somático; que me lavaba el dedo –a lo mejor con demasiado énfasis para ser una herida tan boba-, desinfectaba y ponía presión firme sobre la zona por toda aquella pelotudez del tapón hemostático y bla.

Después me desperté con los gritos de la vecina en el palier. Raro, ¿no? No me la crucé en el tiempo que llevo viviendo acá, nunca le había escuchado la voz hasta ahora, que le dice “Me arruinaste la vida” a alguien que resopla y baja rápido por la escalera. Tardé un par de segundos en terminar de darme cuenta de qué hora era, dónde estaba y toda esa parafernalia de la transición sueño-vigilia, y casi salgo a presentarme (“Hola, soy J., mucho gusto. Sí, sí, del 10. Bueno, que estés bien”), pero enseguida noté que no estaba vestido y que no parecía demasiado oportuno el momento.

Ahora –mientras pienso mucho y hago interpretaciones oníricas baratas regadas por la tazota de sen cha con jazmín número 74 del día- tengo una sensación que conozco mucho y que no me gusta nada nada. ¿Vieron que unas horas –unos días, incluso- antes de agarrarse una gripe de esas bien de julio, con 39º, hachazos en la cabeza y toda la bola les agarra un estado extraño, como de motores a media máquina, de una molestia generalizada que no llega a ser mialgia y un hormigueo recontra característico en los ojos y en la parte de atrás de la nariz? Bueno, algo parecido. Sensación de inevitabilidad, le digo yo: una especie de náuseas que no llegan a ser náuseas; un constante percibir que estoy a punto de decir algo decisivo aunque sin decir nada; un hacer cada cosa, cada movimiento con una cautela extrema, como esperando que de un momento a otro pase algo. No necesariamente algo malo, ¿eh? Algo, eso. Stay tuned.

4 comentarios:

melquíades dijo...

Mi ex analista diría que "Incertidumbre se llama eso, J, incertidumbre".

Indignada dijo...

La incertidumbre es desesperante.
Y me encanta pasar por acá y sentir que estoy viendo lo que estás describiendo.
Me quedo por acá a ver qué sucede.

Eloy dijo...

YO le sumo a esto, un estado de liviandad, es como si de pronto pesara 42 kg. Generalmente, a las horas toy en cama moqueando.

melquíades dijo...

indignada: :)

eloy: ¿moqueando = rinorrea por la gripe o moqueando = llorando?