martes, 27 de abril de 2010

Mi familia es un dibujo

Madre está desde hace unos días doblada por un dolor lumbar. Ella es muy moderna y yo soy muy buen hijo pero no me gusta hablar por teléfono, así que sigo su evolución por gtalk.

me: ¿cómo estás de la espalda?

Mamá: Mejor, pero drogada con Pridinol y valium, que son tan lindos.

me: ¿qué te dijo el traumatólogo de la placa?

Mamá: No es discopatía, es una contractura como para el Regimiento III de Infantería de Patricios nada más. Bah, NADA MÁS.

me: es buen miorrelajante el pridi, pero igual con diclofenac y diazepam deberías andar bien, fijate si hacen falta los dos.

Mamá: es que vienen juntos el diclo y el pridinol, y ya que estaba...

me: vas a terminar a punto ameba. Aplicate calor seco, onda con el secador de pelo.

Mamá: ¿y si me pongo los perros y la gata en la espalda?. Le dije a papá que me compre un tapado de chinchilla por lo del calor, pero vos sabés como es tu padre de insensible...

viernes, 23 de abril de 2010

Kawabata


"-Mi cabeza no ha estado muy clara estos últimos días. Supongo que por eso los girasoles me hicieron pensar en cabezas. Me gustaría que la mía estuviera tan clara como lo son ellos. En el tren venía pensando si habría tan sólo un modo de clarificar y dar nuevo brillo a la cabeza. O cortarla, aunque eso podría ser un poco violento. O desprenderla y llevarla a algún hospital universitario como si se tratara de un atado para la lavandería. 'Por favor, les encargo esto', diría. Y el resto de uno se mantendría dormido por tres o cuatro días, o incluso durante una semana, mientras el hospital se ocupa diligentemente de limpiarla y se hace cargo de la basura. Y uno sin insomnio ni sueños."
Yasunari Kawabata. El sonido de la montaña.

Es increíble lo bien que nos hace el frío a mi cabeza, a mí y a mi confianza en mí mismo. Debe ser por la bufanda con estampado escocés que raja la tierra, ¿no?

lunes, 12 de abril de 2010

El amor y la espirometría



El virus del sarampión tiene un solo serotipo. Si te contagiás –y salvo que tengas la pésima suerte de que en unos años te morfe una panencefalitis esclerosante subaguda– te podés quedar relativamente tranquilo y exponerte al bicho como si tal cosa: no te lo vas a volver a agarrar.

No sé por qué extraña secuencia lógica uno (yo, al menos) tiende a pensar que en las relaciones, en el amor, las cosas deberían ser de la misma manera. Onda conocés a alguien, te gustateenamorásorwhatever, pensás y planeás un montón de cosas de una belleza variable, después te desengañás con una estrepitosidad que depende del caso, te duele un tiempo, te curás (o te morís, claro, pero seamos optimistas por una vez) y te quedás con unos lindos anticuerpos neutralizantes dando vueltas para que la próxima vez que te crucés con el virus todo ese proceso sea mucho menos engorroso e invalidante.

Pues bien, es un hecho que la medicina está más cerca de la brujería supercherística más flagrante que de las ciencias exactas. El amor también, pero de cualquier manera (por si no se habían dado cuenta ya) les cuento que me encanta buscarle un patrón a TODO.

A mí todo el asunto me huele más algo parecido a lo que pasa en la fibrosis pulmonar idiopática (N. del R. como yo suelo ser asquerosamente diplomático, siempre me gustó mucho la expresión ‘idiopático’: no es otra cosa que una forma recanchera de decir que en realidad no tenés ni putísima de por qué pasa lo que pasa). Dice uno de mis libros de cabecera que la FPI está causada por “ciclos repetidos de lesión pulmonar aguda causada por un agente no identificado (…) que acaban conduciendo en último término a la fibrosis generalizada y pérdida de función respiratoria.”

¿Acaso el amor no es eso, además de los zapatos y vaya uno a saber cuántas metáforas más? Uno cree, quiere creer, se convence de que gracias a todos esos muertos que hay en el placard en realidad esta vez todo será más fácil; y sin embargo después te desayunás con el ladrillazo en la jeta de que –a pesar de que a lo mejor no duela (tanto), de que a las pocas horas sigas con tu vida como si nada y con un poco más de tiempo te olvides casi por completo del asunto– en realidad hay algo que se sigue rompiendo, fibrosando irreversiblemente y que más allá de cuál sea el curso del cuadro la vez siguiente te queda la certeza de que hay zonas de cicatriz que –no importa lo que pase o lo que hagan vos o el resto– ya no podés recuperar, y otras zonas sanas que –también, independientemente de todo– quedan más expuestas para ser lesionadas la próxima vez que el ciclo se repita.

A mí lo que me parece más ñoñamente interesante, de cualquier modo, es que “La progresión de un paciente individual es impredecible.” Entonces en una de esas un día conocés a uno que le pone sin que te des cuenta redoxon, centrum, actimel y suero hiperinmune al café con leche que te prepara todas las mañanas, y ese proceso se frena. O un día te agarrás la bronquitis definitiva, y te quedás con los pulmones hechos un panal de abejas e inutilizados para definitivamente. Escalofriante, ¿no?

domingo, 11 de abril de 2010

Dijon

Hace un rato se fue S. Había venido a casa en tono de asilo político que le ofrecí gustosísimo.

No aplica decir que tenemos la segunda complementaria de Freud en común porque no nos veíamos demasiado seguido cuando yo era chico, pero me divierte mucho ver que aun así hay un montón de rasgos estructurales, de rayes y de pequeños placeres que compartimos y que me queda pensar que en realidad se llevan en –ponele- el brazo largo del quinto cromosoma, o en el apellido, o en algún lado así que tengamos en común los dos.

Me juró que comimos rico, hablamos mucho de un montón de cosas, y hace un ratito se fue porque al final no hizo falta que se quedara a dormir. Una lástima que se haya perdido uno de mis desayunos de domingo a la mañana, que según me dijeron tienen buena fama.

Yo abrí la ducha para bañarme, me acosté directamente sobre el alcolchado esperando a que se caliente el agua y me quedé dormido unos microinstantes sin querer. En ese lapso soñé de vuelta con un frasco de mostaza roto en el piso de la cocina, incluso misma ropa que antes; soñé que me cortaba otra vez al tratar de juntar los pedazos, pero que dolía con un dolor sordo que extrañamente tenía más aspecto de visceral (mediastínico, arriesgaría) que de somático; que me lavaba el dedo –a lo mejor con demasiado énfasis para ser una herida tan boba-, desinfectaba y ponía presión firme sobre la zona por toda aquella pelotudez del tapón hemostático y bla.

Después me desperté con los gritos de la vecina en el palier. Raro, ¿no? No me la crucé en el tiempo que llevo viviendo acá, nunca le había escuchado la voz hasta ahora, que le dice “Me arruinaste la vida” a alguien que resopla y baja rápido por la escalera. Tardé un par de segundos en terminar de darme cuenta de qué hora era, dónde estaba y toda esa parafernalia de la transición sueño-vigilia, y casi salgo a presentarme (“Hola, soy J., mucho gusto. Sí, sí, del 10. Bueno, que estés bien”), pero enseguida noté que no estaba vestido y que no parecía demasiado oportuno el momento.

Ahora –mientras pienso mucho y hago interpretaciones oníricas baratas regadas por la tazota de sen cha con jazmín número 74 del día- tengo una sensación que conozco mucho y que no me gusta nada nada. ¿Vieron que unas horas –unos días, incluso- antes de agarrarse una gripe de esas bien de julio, con 39º, hachazos en la cabeza y toda la bola les agarra un estado extraño, como de motores a media máquina, de una molestia generalizada que no llega a ser mialgia y un hormigueo recontra característico en los ojos y en la parte de atrás de la nariz? Bueno, algo parecido. Sensación de inevitabilidad, le digo yo: una especie de náuseas que no llegan a ser náuseas; un constante percibir que estoy a punto de decir algo decisivo aunque sin decir nada; un hacer cada cosa, cada movimiento con una cautela extrema, como esperando que de un momento a otro pase algo. No necesariamente algo malo, ¿eh? Algo, eso. Stay tuned.

sábado, 10 de abril de 2010

Fe de erratas

Donde dice todo esto en realidad debería estar un pseudoensayo en el que pretendía equiparar el amor a la hipótesis de desequilibrio proteasa-antiproteasa como explicación para la bronquitis y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, pero aunque w. no esté de acuerdo decidí aplicar el derecho a la autocensura: me gusta pensar en el amor como algo más intangible, impredecible y para lo que no existe tratamiento, y prefiero quedarme con la idea (acertada o falaz, ¿acaso importa?) de que existe al menos una cosa que no encaja ni remotamente con un algoritmo diagnóstico y de que –a veces- la incertidumbre no está tan mal.