lunes, 15 de febrero de 2010

No pidas peras

Continuando con la línea de relatos adolescentes, me acuerdo de la primera vez que me cité con un hombre. No sé en realidad si cuenta como cita propiamente dicha -yo ni siquiera había traido al plano de lo consciente por qué mierda había aceptado la invitación ni qué carajo iba a significar para el resto de mi vida la charla que tendría un rato después-, pero fue la primera vez que acordamos encontrarnos los dos solos, así que calculo que sí.

Yo estaba haciendo unos trámites cerca de Tribunales y cuando me llamó (desde Belgrano) para ponernos de acuerdo en hora y lugar cerré un ejemplar de Los Lanzallamas de Arlt que estaba leyendo, levanté la vista, miré un mapa del subte que tenía enfrente y llevado por lo que en ese momento me pareció el azar más puro dije un punto que nos resultara intermedio en el trayecto de la línea D.

-Eeeeh... ¿Como en una hora en el bar ese que está en Santa Fe y Pueyrredón, al lado de la salida del subte?

"El bar ese" resultó ser El Olmo. Esa misma tarde, después de una charla con un grado de ingenuidad de la que me da un poco de vergüenza acordarme:

-Este lugar es un ícono de la homosexualidad argentina, ¿sabías?

-...

-¿En serio no sabías?

-No...

Me puse colorado como pocas otras veces, me despedí torpemente y mientras caminaba por Pueyrredón para el lado de Córdoba me cayó no una ficha: un volquete de cospeles encima.

3 comentarios:

Lolo dijo...

¡Tonta, pobre tonta! Jajaja!

Marian dijo...

La sensación de darse cuenta de algo relevante en nuestra vida, de la naturaleza que sea, produce una sensación física única y muy personal.
Que inocentes que éramos... : )

Indignada dijo...

Me mató lo del volquete.
POsta se debe haber sentido así.