miércoles, 24 de febrero de 2010

Déjà vu

j.- me copa tu faceta indie
m.- ¿por florence & the machine lo decís?
j.- no, por todo. El indie se te nota, te sale por la piel.

Históricamente fui subte-fan, pero estas últimas semanas estuve haciendo el trayecto oficina-facultad en el 12 en lugar de en el dúo líneas C-D. Empecé porque hacía un calor de locos y me parecía insensato arriesgarme a caer redondo y bajo tierra sobre un colchón lipotímico; pero después de uno o dos días -cuando noté que aunque la temperatura y la humedad estaban un poco más cerca de valores humanos yo seguía haciendo el mismo camino- me di cuenta de que esa razón era un además: en realidad lo hacía porque tenía ganas de que el viento que me diera en la cara durante el viaje no tuviera olor a caucho recalentado, de mirar por la ventana y ver los plátanos que están sobre Entre Ríos hacia el sur y no un bodoque de cables tapados de mugre. Cuando pasaron cinco o seis días más noté que lo me gustaba más aun era saborear esa licencia de "Podría tardar menos tiempo en hacer estas cuadras pero voy a hacer el camino más lindo y no el más rápido, ¿quién me corre?".

Por razones de las que no me acuerdo -y que por lo tanto concluyo que deben haber sido bastante pelotudas- uno de esos días me peleé con el colectivero. La poca gente (y cuando digo poca me refiero a poca, no más de 5 en toda mi vida) que me conoció enojado en serio sabe que me transformo en un tipo detestable, que pierdo cualquier vestigio de superyo y que vomito cicuta sin ningún tipo de filtro; pero ese día estaba de malhumor y no enojado, así que la pelea fue como suelen ser las peleas conmigo: viscerales, absurdas de tan hiperbólicas, intensas pero medidas y de un final seco que más de una vez está marcado por una frase que aprendí de ella: "Bueno, BASTA. Basta de hablarme que van a pensar que lo conozco."


El punto es, después de la discusión y cuando me fui a sentar me atacó esa sensación muy específica de no entender muy bien lo que está pasando, pero incluso así estar seguro de que ya pasó antes. Repasé mentalmente entorno, recorrido, pasajeros, ropa que tenía puesta: nada repetido. Entonces sumé leve taquicardia + leve xerostomía + casi imperceptible hiperhidrosis palmar + todavía más imperceptible temblor distal y concluí un toque de hiperestimulación simpática por el estrés del altercado. Pero, ¿por qué me resulta extraño? Doctor, vamos, son nociones básicas de fisiología neuroendócrina. Ah, sí, por eso del "yo ya estuve acá". Bueno, entonces dije eureka. O no tanto.

Yo vivía así. Por eso el déjà vu. Yo vivía haciéndome un drama épico por todas y cada una de las cosas, vivía en ese estado de hipercortisolemia crónica, de vieja de mierda, de no permitirme parar un rato al costado de la ruta a disfrutar del paisaje y del aire en la cara porque eso implicaba llegar un poco más tarde (¿llegar adónde? ¿más tarde que quién?). Pero un buen día empezaron a decirme que te veo más relajado y más saludable, que qué suerte que viniste, que te estás riendo muchísimo más que de costumbre, que qué raro que no agarraste el teléfono y les dijiste un par de barbaridades a los de sistemas que todavía no te arreglaron el temita con tu usuario y otro par a los de mantenimiento que no reponen el café de la máquina, que qué bueno que estés escribiendo de nuevo pero seguí trabajando eso de usar frases más cortas; y otro día (o el mismo día, ¿acaso importa?) empecé a pensar que todo eso que me decían tiene un correlato claro con cómo me siento yo.

Que no se malentienda, no es que de un día para el otro haya dejado de tener mil mañas, ni que voy por la vida surfeando la cresta de una ola de rivotril, en absoluto; si no pregúntenle a él cómo defendí nuestros intereses de las garras del empleaducho prepotente de una terminal patagónica. La clave es decirle que gracias por los servicios prestados a la vieja de mierda y quedarme sólo con la señora mayor que es amiga de la verdulera, amasa pan y hace dulces y sopas caseras y te dice a media cuadra si te conviene o no esa colita de cuadril. Y con el buenmozón de veintipico al que todavía le da el cuero para jugarla de futuro médico, rockearla y rajar la tierra cuando va por la calle haciendo que como puedan las canciones de Zooey se adapten a sus tiroaritenoideos de fisicoculturista desfachatado, claro.



4 comentarios:

melquíades dijo...

Otro día hablaré de mis líneas de colectivo favoritas, entre las que se cuentan el 12, el 132, el 113, el 41 y alguna más que no me acuerdo.

Emma Dee dijo...

Me gusta. Me gusta absolutamente todo lo que escribis. Entiendo esa necesidad a veces inconciente de rodearse de lo bello y real evitando la costumbre alterada de ir de acá para allá sin llegar a ningún lado. Tambien he vivido las berborrágicas conversaciones con el conductor, que no tiene motivo alguno en su vida que escupirte una serenata de incoherencias respector a su labor. Quiero seguir leyendo, claro. Aunque lo que leí hasta el momento me di un panorama de tu persona, y resulta muy grato. Un saludo !

PS: personalmente siempre me identifiquè con Josè Arcadio, cada vez que leo sus aventuras lo siento casi como un amigo.

Anónimo dijo...

"Julie & Julia"

Eloy dijo...

si por Zoey te referis a She&Him, no puedo evitar tararearlas.
Lo mio va para el lado del rock (Maximo park, ponele) pero esas canciones me hacen cantar y alegrar el trayecto.