martes, 19 de enero de 2010

Cosas que pensé que sólo pasaban en el cine

Cuando voy a pagar el café que tomé mientras leía haciendo tiempo para ir a la que tenía perfectamente planeada como mi última sesión de terapia, la moza me avisa que "No es nada, la chica de la mesa con la sombrilla invita". La chica andaba por los cuarenta y largos y tenía un aspecto de cacatúa que intimidaba a cualquiera, pero yo agradecí y le dediqué mi mejor sonrisa al irme: lo joven y puto no quita lo caballero, che.

miércoles, 13 de enero de 2010

Fetiche de amor (o cómo explicar romance con pares de zapatos)

A dúo con Betty Carol

A veces pareciera que amor y enamoramiento son antagónicos. Que es uno o el otro y que son mutuamente excluyentes. Que, en todo caso, puede haber notas esporádicas de enamoramiento a lo largo de años de amor; pero nunca a la inversa ni de manera constante o consistente.

El amor tiene más que ver con la alianza que construye día a día, con una sociedad tácita o un proyecto tan intangible como real. El enamoramiento habla de romanticismo, de escenas tórridas en lugares insóitos, de melodrama y de palabras que siempre suenan bien cuando se las escucha por primera vez y en el contexto adecuado, todo eso sumado a la percepción nuerohumoral y subjetiva de ese estado (A.K.A mariposas en la panza).


Enamoramiento es, por ejemplo, tocar el violín en una góndola. Amor es remar en el mismo bote.

Enamoramiento es una cena con velas en donde ninguno come demasiado porque está absorto escuchando al otro. Amor es el desayuno con una sonrisa de todos los días.

Enamoramiento es extrema e incondicional fascinación. Amor es elegir y elegirse a uno mismo a pesar de muchas cosas, que es distinto de la abnegación rotunda y deletérea del “contigo a pesar de todo”.

Enamoramiento es Antes del Amanecer. Amor es Los Puentes de Madison. [N. de los R.: Melquíades aclara que está casi seguro de que –después de partirse la cabeza un buen rato– hubiera elegido lo mismo que Francesca.]

El Enamoramiento es como la fascinación que produce un par de zapatos nuevos: perfectos, distintos, jugadísimos. Amor es todo lo que queda, lo que decanta una vez que pasa (porque siempre –indefectible, inevitablemente-, pasa) ese furor inicial.


Nos queda, entonces, la tranquilidad de saber que es un buen zapato y que encaja en nuestra vida como nosotros en la suya; que nos sostiene y nos da confianza; que nos permite avanzar amortiguándonos los pasos y haciendo que la realidad sea un poco más llevadera. Un zapato que entre los miles y miles de zapatos que nos probamos, que existieron, existen y existirán está hecho por y para nosotros: nuestro pie se adaptó Lamarckianamente a esos pequeños defectos de suela o de capellada a tal punto que ahora se desdibuja la línea que define qué es pié y qué es zapato.


De un modo u otro, incluso a gusto con los nuestros puede pasar (más aun si somos declarados fans de los zapatos y con tantos diseños increíbles) que mirando vidrieras –porque vamos, aunque estemos conformes con lo que tenemos y aunque sea de reojo y medio a escondidas, nunca dejamos de mirar vidrieras- nos llame la atención un par por su modernidad, por curiosidad, por la intriga de saber cómo nos cambiaría la vida probárnoslos, aunque sea por un ratito.

Ahí es cuando los senderos se bifurcan, y es decisión y responsabilidad de cada uno qué camino elige seguir:

  • Andar con dos pares de zapatos al mismo tiempo.
  • Arriesgarse por completo y cambiar nuestro clásico zapato a medida por éstos nuevos que piden a gritos ser probados.
  • Si ya nos encariñamos con nuestros zapatos de siempre y creemos que valen la pena, mandarlos al zapatero y pedirle que le dé a la cosa una vuelta de tuerca para ver cómo los renovamos un poco.


También está la opción de, tan hartos de lo viejo como de lo nuevo, cansados de la seguridad y la incertidumbre, hastiados de la confianza y el desafío, quedarnos descalzos. Un rato. Andar demasiado en patas nos endurece y nos expone a algunos riesgos. Habrá que pensar si optamos por ir a comprar un par nuevo y escandaloso o rescatar uno viejo ("Ay, ¿por qué dejé de usar este zapato? ¡Si es tan lindo!"), que de cualquier manera no da para todos los días: alcanza con usarlo demasiado seguido para que empiece a molestar ("Ay cierto, me apretaba el dedo"). De todos modos, puede resultar perfecto para esta ocasión porque podemos usarlo sin medias, estar cómodos y sentirnos los más lindos por un rato, con la tranquilidad de saber que apenas necesitemos o tengamos ganas nos los podemos sacar tan fácilmente como nos los pusimos y volver a sentir esa cosa áspera y esa agradable indefensión de tener los pies sobre la tierra.

miércoles, 6 de enero de 2010

Básicos III

Si me piden que nombre una y sólo una cosa que espero de cualquiera, respondo sin dudarlo: coherencia.

Como más de una vez me dijo ella con la sabiduría que la caracteriza, la sinceridad está muy sobrevalorada; y estoy convencido de que la inmensa mayoría de los sincericidios se cometen más porque el brutalmente honesto quiere sacarse un fardo de encima y dormir tranquilo que porque le importe lo que le pase o deje de pasar al otro.

Objetivamente me gusta mucho el rojo, pero no hay manera de sentirme cómodo usándolo, ni siquiera en los pies. No sé si tengo un color favorito, pero sin darme cuenta termino haciendo que la gran mayoría de mi guardarropas oscile en distintas gamas de azul/celeste.

No es algo que me preocupe demasiado en realidad, pero fracasé estrepitosamente cada vez que me propuse subir de peso; y -excepto cuando estoy de vacaciones- es muy raro que supere los 60 kilos.

Hace como dos años empecé a dejarme la barba, aunque la mantengo a rajatabla en un largo constante como de cuatro o cinco días. Cada tanto me afeito porque quiero verme al espejo y acordarme de lo que es tener, como me dijo una vez hace mucho uno que tocaba el cello, "una cara de nene que voltea"; pero al día siguiente me pica TANTO que juro no volver a hacerlo.

Cocinar o que me cocinen es una de las muestras de afecto y dedicación más lindas que se me ocurren en el mundo.

La gordura para mí es inaceptable no tanto por ser técnicamente tan enfermedad como la tiroiditis de Hashimoto o la esclerosis lateral amiotrófica, sino porque la veo como una profunda e incomprensible expresión de falta de control sobre el propio cuerpo, de imposibilidad de tomar decisiones y (cuándo no) ser coherente con ellas.

Cuando pensaba que con nada en el mundo me iba a ver mismo más sexy que con mi pantalón favorito y una remera blanca básica con cuello lindo, me compré mi primer ambo.

Para sentir que una pareja puede funcionar no sólo debe gustarme mucho el otro, también tiene que gustarme mucho cómo soy yo cuando estoy a su lado. Sin esa condición sine qua non, por más amor que haya, no hay más salida posible que un adiós y -sólo si es necesario- una buena patada en el orto. Igual, obvio, muchas veces te das cuenta de cuán poco te gustabas cuando todo se terminó, pero esa es otra historia.

Más o menos a los diecinueve o veinte empecé a usar cremas para distintas cosas. Soy motivo de burlas entre mis amigos por eso, pero siempre respondo igual, mientras me pongo un gel con retinol alrededor de los ojos: "Cuando tengamos 50 y yo parezca de 35 vamos a ver quién se ríe".

A principios del año que pasó -después de casi tres de invicto- me fue mal en un examen, básicamente porque (como en la inmensa mayoría de los aplazos del mundo) no había estudiado lo suficiente. Es raro pero, más allá de la frustración momentánea, siento que me sirvió mucho. Cuando la instancia evaluatoria se convierte en un trámite en el que parece que el único desenlace posible es un aprobado, se tiende a perder de vista que uno es -consciente o inconscientemente- artífice de ese resultado, y que no alcanza con querer aprobar: además hay que (de vuelta, cuándo no) ser coherente con ese deseo rompiéndose el alma estudiando, y en ese romperse el alma estudiando también muchas veces queda claro cuánto estamos dispuestos a ceder y a dar de nosotros mismos para cumplir un objetivo.