Con el correr de los años me fui dando cuenta de un patrón muy marcado: el único momento en que puedo dejar algo (un capítulo de Las Bases Farmacológicas de la Terapéutica, una relación, una receta, un libro, el caso de un cliente en el trabajo) y seguir con mi vida es cuando entiendo cómo funciona.
Si tuviera que elegir dos y sólo dos placeres en la vida serían sin ningún lugar a dudas comer algo muy rico y dormir hasta que ya no tengo sueño.
Hay un síndrome clásico que me ataca más o menos por esta época del año, cuando se descomprime un poco mi vida académica, que se siente como una cosa vertiginosa de qué es que hacía uno cuando tenía tiempo libre, y de ponerme a pensar de forma más o menos concienzuda en mí mismo. Después, en el momento en que todo se torna lo suficientemente profundo como para que empiecen a salir cuestiones a lo mejor demasiado turbulentas para masticarlas con este calor, dejo todo marinando como en un
BACTEC para retomar el sobrenadante el año siguiente, y me voy a estudiar otra vez como si se me fuera la vida en ello.
Prefiero la
espondilitis anquilosante al café instantáneo.
Hago terapia desde los 14. No me considero Freud-dependiente, pero sí creo que el diván moldeó buena parte de mí y de mi personalidad pragmática, hiperanalítica y ultrarracional. Un
gran amigo me dijo una vez que una de las cosas que más valora de mí es mi capacidad para analizar las situaciones casi desproveyéndolas de la carga emotiva; y yo me di cuenta de que ese pragmatismo, ese sombrero hiperanalítico y esa ultrarracionalidad de los que a veces me gustaría correrme y relajarme un ratito son a la vez artífices de buena parte de mis logros (académicos y no académicos).
En este último tiempo descubrí que soy más parecido a mi madre de lo que me gustaría.
El mejor piropo de mi vida me lo dijeron dos travestis en una panadería que está sobre Corrientes. Yo esperaba y ella pedía una docena de facturas. En un momento me miró muy fijo, y le preguntó a la empleada si
“¿A este budincito no me lo podrás envolver para llevar también?”. No sé si alguna vez en mi vida me sonreí tanto.
Pocas cosas me producen una sensación de bienestar parecida a la del olor a césped recién cortado, a lluvia y a pan francés tostado.
El amor es algo muy parecido a comprar un suéter. Está buenísimo probarte todos los que te parecen lindos; y también está buenísimo encontrar uno que te queda pintado. Después un día sin darte cuenta lo lavás con agua caliente y se deforma, o se lo comen las polillas, o te cansás y ya. Incluso es probable que un tiempo después te veas en una foto o en un recuerdo y digas
“Pero qué mierda hacía con eso puesto”, pero qué lindo es ese momento en que lo único que querés es despertarte con el olor de la lana nueva, ¿no?