sábado, 26 de diciembre de 2009



Volví a mirar el telegrama y pensé en lo curioso que era que unas pocas letras negras en un papel amarillo pudieran hacer sentirse a al gente como se sentía mamá. Pensé en qué pasaría si las letras negras se cambiaran un poco para que dijeran otra cosa, lo que fuese. (...) Pensé en aquella carta en la que decía que iba a llevarme a ver la playa y las olas cuando volviera a casa, y la pequeña parcela desbrozada por papá se hizo completamente borrosa, y supe que estaba llorando.

John Kennedy Toole, La Biblia de neón.

Toole tiene esa prosa que se disfruta inevitablemente, que dan ganas de seguir leyendo y a la misma vez que no se termine nunca. Hace que la voracidad frenética e instintiva de ponerme al día con toda la literatura que por falta de tiempo no puedo tragar durante el año se choque con esa sensación de querer esperar; de transformar el acto de leer en más una ceremonia de reposera abajo del sauce, limonada con miel y jengibre y Kings of Convenience que en un dar vuelta las hojas en el subte sólo para que el tiempo pase más rápido.

Hacía ratos que no lloraba con un libro, y me acuerdo clarito el primer registro que tengo de haberlo hecho. Mi planta de naranja lima, una vez cuando papá me lo leía antes de dormir y después yo solo, como a los 7 u 8. Me decían hace poco -y yo coincidía por completo- qué indeleble que es esa sensación y cuán clave es para el resto de tu vida ese darte cuenta de que en la literatura hay algo capaz de conmoverte profundamente, algo verdadero.

2 comentarios:

melquíades dijo...

Bueno, che, qué quieren, a mí el desacostumbramiento a esto de tener superávit de sueño me pone un toque cursi. En una semanita estoy otra vez cansado y vuelvo a ser tan cáustico como siempre, lo prometo.

Mr. York dijo...

me gustas cuando no sos cuastico


aunque cuastico, tambien.