domingo, 11 de octubre de 2009

Apología del cansancio, o una aproximación a los principios de redistribución de la energía y el deseo.

Lo primero que automáticamente piensa el estudiante de medicina promedio después de rendir es "Y ahora que no tengo que estudiar, qué mierda se supone que haga con mi tiempo". Un viernes, suponte. Bueno, acá va un ejemplo posible, sólo con fines ilustrativos.

Te levantás 6 am, te preparás el almuerzo (estás un poco podrido de lo básicos que son los que diseñan el menú en el comedor); tenés una jornada laboral promedio alterada sólo cuando llamás genuflexo a tu jefe; conocés en el subte camino a la facultad a tres de tus próximos maridos y antes de cursar subís a la biblioteca para dormir una microsiesta de 15 minutos que haga un poco de clearance de adenosina. A las 16 escuchás una clase lindísima sobre neumonías intersticiales y luego te quedás un rato más releyendo unos reviews sobre un tema que te chupa un poco un huevo para la clase que tenés que preparar para la semana siguiente. A eso de las 18.30 y mientras escuchás Herbie Hancock cruzás de casualidad en Santa Fe y Rodríguez Peña a un amigo de tu adolescencia bohemia a quien no veías hace años y comparten un café y un cigarrillo breves pero intensos; te vas de compras relámpago (necesitás como sea cambiarte esa camisa que te da un look espantoso de oficinista chato y que tiene una manchita de sangre en el cuello); caminás por Arenales hacia Plaza San Martín y a contramano del ejército uniformado de Legacy para encontrar 19.30 a un amiguísimo e ir a comer y a reir hasta la acidosis. Alrededor de las 23.30 cruzás la General Paz y vas a tomar unos Tom Collins y a hablar de la vida misma con otra amiga, hasta que en un momento se dan cuenta de que todavía cargan uno con el guardapolvo y la otra con una maqueta, que llevan 23 horas despiertos y sin pisar un lugar que no sea público, y que incluso cuando la juventud recién está saliendo de sus casas para darle rienda suelta a ese arroyo de testosterona que todavía no identifica como tal, ustedes cambiarían su reino por una cama y un frasco de loción astringente. 4.30 am cerrás los ojos después de sentir el olor a canela por última vez y sentís que si estuvieras un ápice más exhausto empezarías con rabdomiólisis masiva, pero puta, qué lindo que es estar cansado de hacer lo que querés.

4 comentarios:

Bufandero dijo...

Desborde de felicidad, igual a lectores con sonrisas de costado en sus caras.

pd: el dolor de cabeza se fué, luego de la visita a la casa de Hernán, lo cual prueba que estabas equivocado, supongo que la endorfina liberada hizo algun ocus pocus en mi cuerpo, but who knows

Marcos dijo...

Qué lindo:)

Abrujandra dijo...

Estar cansado de hacer lo que uno quiere claro que no es lo mismo que lo otro.
Eso de tres posibles maridos me mató.
Yo en una cuadra puedo divisar hasta diez, pero amantes porque marido ya hay.
¿Tan calentona soy o querendona nomás?
Besos brujos.

melquíades dijo...

bufandero: bueno, la medicina no es una ciencia exacta después de todo, ja. Además, mucho menos efectos adversos que la dipirona, seguro.

marcos: :)

abrujandra: es que (y esto será tema para un post algún día) para que alguien me parezca atractivo en serio, hay un microsegundo en el que tengo que estar CONVENCIDO de que nos casaremos y durará por siempre. Después sí, vestite y andate a lo mejor, pero sin esa certeza efímera, no hay erotismo posible.