jueves, 13 de agosto de 2009

Disparar es divino

Yo soy -más por pragmático que por buena persona- un detractor acérrimo de la pena de muerte, excepto en cuestiones de urbanidad.

Creo, por ejemplo, que en la inmensa mayoría de los casos un asesino o un violador es alguien que merece que la sociedad que lo formó como tal asuma la responsabilidad que le corresponde y haga todo lo que esté a su alcance para reinsertarlo tan pronto como sea posible.

Un tipo que no puede respetar reglas tanto más simples como no fumar en lugares cerrados, caminar por la derecha en los pasillos de circulación del subte; que estaciona en doble fila en Berutti y Pueyrredón o no respeta una fila para subir al ascensor, en cambio, no. Es una escoria de la naturaleza cuya única función en este mundo es derrochar oxígeno y alimentos, vivir a expensas del Estado y cagarse en sus semejantes; una abominación humana que como tal merece ser ahogado en una bañera llena de gas sarín licuado mientras es fotografiado y filmado para que las generaciones futuras se burlen de sus pupilas puntiformes mientras los hijos de los ejecutados (que serán vendidos como esclavos de segunda selección en un puesto clandestino de la calle Brasil) los apantallan.

1 comentario:

Lolo dijo...

Igual destino merecen los depravados que se quedan más de 30 segundos en los cajeros automáticos.

Y los que merecen una muerte horrenda y violenta no sólo son los respetan la mano derecha en el subte, sino los que no respetan caminar por la mano derecha en general.

El gas sarín licuado me parece una excelente opción.