
Lloviznaba cuando salí esta mañana. Lo suficiente como para salir con piloto pero sin paraguas, eran seis cuadras de mierda.
Obviemos el hecho de que cada vez que tengo que sacarme sangre me toca uno que parece alguien de sistemas a quien pusieron a hacer extracciones por falta de personal, que es la primera vez en su vida que toca una jeringa y que me deja el brazo con unos hematomas que parecen de heroinómano empedernido. Pasemos por alto que la mogólica del mostrador me preguntó catorce veces si entendía qué había puesto el médico en cada uno de los ítems de la orden (aclaro que la letra era más clara de lo promedio y que era una rutina: decía LDL, HDL, creatinina en sangre, ese tipo de cosas, no dosaje de dihidroepiandosterona plasmática y ni siquiera había abreviado triglicéridos como TG o algo parecido), que la máquina de posnet no les leyó mi credencial y que lo único sobre la faz de la tierra que es menos hermético que los frascos estériles son los coladores para fideos.
Tan pronto como crucé Santa Fe al volver se desató el huracán Isabel. O algo parecido. Cuando entré al edificio, chorreando un caudal aproximado de agua de 14 litros por segundo, con los lentes torcidos y el rostro desencajado por una mueca de furia contenida a duras penas, el insolente del portero se me cagó de risa en la cara con una expresión de Síndrome de Angelman que de sólo recordarla reduzco una botella de Harpic a baño maría y me la tomo de un saque en un vaso de trago corto. Es una lástima que la lluvia hubiera humedecido la pólvora de la granada que siempre llevo conmigo, de otro modo estaría relatando esto desde una celda en la seccional más cercana o en su defecto desde una bolsa con cierre en una heladera de la morgue judicial. Pocas veces me sentí tan cerca del homicidio. Mañana mismo llamo a la administración del consorcio y lo acuso de intimar en el ascensor con la del 6ºA y de corretear desnudo por los pasillos gritando consignas a favor de la aprobación del matrimonio homosexual.
Igual, por suerte cuando llegué había dejado la ventana abierta y Vicente se había encargado de esparcir el charco y dejar huellas por toda la casa para que el único rastro del tifón no fueran un par de tablas del parquet arqueadas, porque si no sí que llenaba la bañera y me tiraba abrazando la tostadora enchufada.
Obviemos el hecho de que cada vez que tengo que sacarme sangre me toca uno que parece alguien de sistemas a quien pusieron a hacer extracciones por falta de personal, que es la primera vez en su vida que toca una jeringa y que me deja el brazo con unos hematomas que parecen de heroinómano empedernido. Pasemos por alto que la mogólica del mostrador me preguntó catorce veces si entendía qué había puesto el médico en cada uno de los ítems de la orden (aclaro que la letra era más clara de lo promedio y que era una rutina: decía LDL, HDL, creatinina en sangre, ese tipo de cosas, no dosaje de dihidroepiandosterona plasmática y ni siquiera había abreviado triglicéridos como TG o algo parecido), que la máquina de posnet no les leyó mi credencial y que lo único sobre la faz de la tierra que es menos hermético que los frascos estériles son los coladores para fideos.
Tan pronto como crucé Santa Fe al volver se desató el huracán Isabel. O algo parecido. Cuando entré al edificio, chorreando un caudal aproximado de agua de 14 litros por segundo, con los lentes torcidos y el rostro desencajado por una mueca de furia contenida a duras penas, el insolente del portero se me cagó de risa en la cara con una expresión de Síndrome de Angelman que de sólo recordarla reduzco una botella de Harpic a baño maría y me la tomo de un saque en un vaso de trago corto. Es una lástima que la lluvia hubiera humedecido la pólvora de la granada que siempre llevo conmigo, de otro modo estaría relatando esto desde una celda en la seccional más cercana o en su defecto desde una bolsa con cierre en una heladera de la morgue judicial. Pocas veces me sentí tan cerca del homicidio. Mañana mismo llamo a la administración del consorcio y lo acuso de intimar en el ascensor con la del 6ºA y de corretear desnudo por los pasillos gritando consignas a favor de la aprobación del matrimonio homosexual.
Igual, por suerte cuando llegué había dejado la ventana abierta y Vicente se había encargado de esparcir el charco y dejar huellas por toda la casa para que el único rastro del tifón no fueran un par de tablas del parquet arqueadas, porque si no sí que llenaba la bañera y me tiraba abrazando la tostadora enchufada.





