martes, 16 de diciembre de 2008

moving

Te mudás y en el medio de todo el sacudón emocional de estar en la que ahora -a partir de un momento que es difícil de determinar con exactitud nanométrica- es la casa de tus padres y no tuya, en el que está dejando de ser tu cuarto, guardando en cajas tus cosas; te das cuenta de cuánta mierda acumulaste al pedo durante años y años.

Y en medio del arrebato de meter todo en una bolsa de esas de plástico grueso onda para residuos patógenos pero verdes en lugar de rojas, cuando cerrás la puerta después de haber dejado la que tenía basura por completo inservible en el canasto y de haberle dado la que tenía papel a un cartonero, te ataca el pánico irracional de pensar si por error -en medio del frenesí renovador, y como si acaso no fueras lo suficientemente meticuloso como para que jamás se te pudiera pasar por alto algo así- no habrás tirado algo importante onda tu partida de nacimiento o la edición de Los Lanzallamas a la que en la primera página una vez le anotaste una dirección con lápiz 2B. La volvés a leer ahora y te produce esa sensación como de extrañeza, como de verte en una foto de hace mucho tiempo, en un lugar y en una situación en la que ni siquiera recordabas haber estado. No es nostalgia exactamente, porque no es tristeza melancólica originada por el recuerdo; es recuerdo liso y llano, del que hacés una media sonrisa de coté y que en cuanto bajaste del estante de arriba el libro que sigue te lo volviste a olvidar, no sé para qué te esforzás en retorcer lo que es simple.

Cierro los ojos y la escucho a mi abuela diciendo que "los libros no se tiran", pero lo siento, abuela, si tanta pena te da te podés llevar vos los apuntes del CBC, y una versión mal encuadernada de Bodas de Sangre, y unos cuantos números de la National Geographic que no van a tener ningún uso más que decorar la biblioteca con los lomos amarillos que son tan lindos, y unos libros berretas de los que me gusta comprarme en el verano y cuyos títulos me da vergüenza reproducir.

No sé, igual te digo, los guantes de látex y el barbijo no solamente son un poco exagerados si te ponés a pensar que no se recuerdan casos documentados de muerte por edema de glotis causado por reacción anafiláctica a un poco de polvo acumulado en la caja donde guardaste los huesos, además te dan un aire a Michael Jackson pero con voz de Martin Wullich que ni te cuento.


6 comentarios:

melquíades dijo...

¿En qué momento de mi vida yo era una persona lo suficientemnete horrenda como para guardar en una cajita las entradas del cine?

Vulgar dijo...

Por suerte ya te diste cuenta y las tiraste.

Las tiraste?

Pura López dijo...

genial.Gosh,sueno tan obsecuente..pero lo de la direccion en la primera pagina y su sensacion...es sublime.la entiendo genial y es tal cual.
muy bien joven.

Fran dijo...

No por Dios, los apuntes de Sociedad y Estado!!!

Abrujandra dijo...

AAAAAAAAAAjajjajaaaaaaaaaaaa lod ela voz me mató.

Abrujandra dijo...

Muchos apapachos, nochevieja sin excesos y mi deseo es que empieces el año sin resaca.