jueves, 28 de febrero de 2008

Macondo


Lloviznaba cuando salí esta mañana. Lo suficiente como para salir con piloto pero sin paraguas, eran seis cuadras de mierda.

Obviemos el hecho de que cada vez que tengo que sacarme sangre me toca uno que parece alguien de sistemas a quien pusieron a hacer extracciones por falta de personal, que es la primera vez en su vida que toca una jeringa y que me deja el brazo con unos hematomas que parecen de heroinómano empedernido. Pasemos por alto que la mogólica del mostrador me preguntó catorce veces si entendía qué había puesto el médico en cada uno de los ítems de la orden (aclaro que la letra era más clara de lo promedio y que era una rutina: decía LDL, HDL, creatinina en sangre, ese tipo de cosas, no dosaje de dihidroepiandosterona plasmática y ni siquiera había abreviado triglicéridos como TG o algo parecido), que la máquina de posnet no les leyó mi credencial y que lo único sobre la faz de la tierra que es menos hermético que los frascos estériles son los coladores para fideos.

Tan pronto como crucé Santa Fe al volver se desató el huracán Isabel. O algo parecido. Cuando entré al edificio, chorreando un caudal aproximado de agua de 14 litros por segundo, con los lentes torcidos y el rostro desencajado por una mueca de furia contenida a duras penas, el insolente del portero se me cagó de risa en la cara con una expresión de Síndrome de Angelman que de sólo recordarla reduzco una botella de Harpic a baño maría y me la tomo de un saque en un vaso de trago corto. Es una lástima que la lluvia hubiera humedecido la pólvora de la granada que siempre llevo conmigo, de otro modo estaría relatando esto desde una celda en la seccional más cercana o en su defecto desde una bolsa con cierre en una heladera de la morgue judicial. Pocas veces me sentí tan cerca del homicidio. Mañana mismo llamo a la administración del consorcio y lo acuso de intimar en el ascensor con la del 6ºA y de corretear desnudo por los pasillos gritando consignas a favor de la aprobación del matrimonio homosexual.

Igual, por suerte cuando llegué había dejado la ventana abierta y Vicente se había encargado de esparcir el charco y dejar huellas por toda la casa para que el único rastro del tifón no fueran un par de tablas del parquet arqueadas, porque si no sí que llenaba la bañera y me tiraba abrazando la tostadora enchufada.

miércoles, 27 de febrero de 2008


Así como la escala Farenheit fue pensada para que 100º fueran la temperatura corporal normal promedio en un humano (si me lo cruzara a don Farenheit le diría que yo con 37º Celsius no me siento bien), si yo tuviese que establecer un nuevo sistema métrico mis patrones serían definitivamente los 90ºC y los entre tres y cuatro minutos que se necesitan para que esté listo el Oolong.

El té me despierta sentimientos que asumo como contradictorios. Me enloquece, eso es claro y cualquiera puede documentarlo, hay días en los que me tomo cuatro o cinco teteras como si tal cosa. Por un lado, como me desquicio, quiero obligar a todo el mundo a morir hipervolémico al hacerlos tragar litros de darjeeling, soy capaz de matar a balazos a quien ose ponerle azúcar a un earl grey delante mío o defender los saquitos porque "son más prácticos" o "es lo mismo, pero más barato". Por el otro, lo pienso mejor y empleo el mismo razonamiento que mi madre cuando conoce a alguien a quien no le gustan no sé, los palmitos: mejor así, no voy a hacer de esto una cruzada y tratar de convencerlo de que el sen cha es mucho mejor que el mate; mejor me callo y lo dejo: más para mí.

sábado, 23 de febrero de 2008

Muela del juicio



Me cuesta aceptar que no me hayan dado por error la panorámica del bebé de Rosemary, y que realmente pueda habitar en mi maxilar algo de una orientación tan horrenda como esos dos terceros molares. Estoy pensando seriamente en someterme a un set de resonancias y tomografías de cuerpo entero, no sé si voy a poder dormir sin ayuda de psicofármacos albergando la duda de si tengo alguna otra atrocidad escondida no sé, entre la segunda y tercera porción del duodeno (además del páncreas, claro).

Lo único que me consuela es la cantidad de antiinflamatorios y analgésicos de los que pienso atiborrarme tan pronto como el odontólogo termine de arrancar esos monstruos después de destrozarlos a martillazo limpio.


(Esto, calculo, vendría a contrarrestar lo bella que resultó ser mi laringe)


lunes, 18 de febrero de 2008

¿Y si en lugar de limpiar la porqueriza inmunda que es esta casa no relleno los sillones de trotyl, hago volar todo a la mierda y que el seguro se arregle con la administración del consorcio?

jueves, 14 de febrero de 2008

Si vieran la cantidad y variedad de fármacos que llevo para un viaje de unos días.

Agustín está empezando a amoratarse de reírse de mí, pero poco me importa. Hay que ser precavido: nunca sabés cuándo puede surgir un imprevisto como que te pique una víbora de coral o te dé lupus en el medio del duty free de buquebús.


martes, 12 de febrero de 2008

Finalmente encontré la tetera nueva que necesitaba en un bazar lindo y caro sobre Santa Fe. Después de haber pagado le pregunto a la mica que atendía la caja si el número obsceno que tenía pegado un infusor con aspecto de objeto sadomasoquista o elemento de tortura medieval era el precio. Se para y le aúlla a un mono que en el fondo del local barría los restos de algo de porcelana,

-¡Che! ¿Cuánto estaba el COSITO ESTE PARA METER INCIENSO?

En ese momento le cercené la carótida con un pedazo de plato de postre y huí, raudo. Debe seguir desangrándose todavía: los fluidos de esa humanidad de arterias obstruidas y 380 kilos ganados a fuerza de sedentarismo y grasas saturadas no drenan así como si tal cosa.

Con esta señora se les va a terminar el negocio de la fluoxetina a los pobres de Lilly.