jueves, 25 de octubre de 2007

Magnicidio

Hoy, con lluvia, frío y todo, decidí caminar de vuelta del laburo.

Iba por Anchorena, y casi llegando a Corrientes empiezo a ver papeles volando. Mugrientos, pienso (algún día escribiré sobre la gente que tira basura en la calle). A medida que me acerco, a los papeles se suman bocinazos y un ruido parecido al que -me imagino- hace un malón. En la esquina, la calle hecha una porqueriza, cuatro monos arriba de un camión que seguían tirando panfletos que se llevaban el huracán que había en ese momento, un ruido que salía de un parlante de una mala calidad imposible y un par de autos (no es un eufemismo, si digo que eran diez exagero) de precios promedio por encima de la barrera de los setenta mil ocupando tres carriles.

Lo confieso, el gorila que llevo dentro es más fuerte que yo mismo por momentos, y lo primero en lo que pensé fue "Peronistas tenían que ser", pero no me detuve a mirar el color político y di por sentado que serían seguidores de La Rea.

Recité una oración encomendando sus almas a nosequién, esperé a que el semáforo se pusiese en rojo y crucé, naturalmente. Un auto no frenó. Me pisó el pie derecho, embarró mis zapatillas blancas y me golpeó el brazo. Redujo la velocidad por el tráfico, pero no frenó. Levanté la vista, aporrée el vidrio y grité algo como "¿QUÉ HACÉS, PELOTUDO? ¿NO VES EL SEMÁFORO, PEDAZO DE FORRO?", esperando encontrarme con el gesto de mandril de algún típico especímen del justicialismo bonaerense, listo para apalearme, pero no: Pino Solanas, Claudio Lozano y no sé qué otros energúmenos. Entonces (¿qué prejuicio es ese de pensar que la izquierda es más solidaria y respetuosa de las normas que la derecha?) esperé que se disculparan. Pero no. "CORRETE, BOLUDO" gritó el que alguien habilitó para que se presentase como candidato a presidente. Quise vomitar una grandilocuencia, del estilo de "CLARO, ASÍ ESTAMOS CON UNA IZQUIERDA QUE ATROPELLA, ENSUCIA Y SE CAGA EN EL MEDIO AMBIENTE", hacer una cita acorde o algo, pero me quedé ahí, con el metatarso dolorido y ganas de haber llevado en el bolso una barra de hierro para partírsela en la nariz al imbécil.

Ah, y recién termino de cagarme a puteadas por teléfono con mi madre, que pensaba votarlo.
Soy tan persuasivo a veces.

viernes, 5 de octubre de 2007

Cricoides

Con toda la mucosa de la lengua para arriba entumecida por la lidocaína, el laringoscopio metido en la nariz, un estornudo reflejo a punto de escapárseme de un segundo a otro y espiando por encima de la cabeza afeitada para tratar de ver algo en el monitor.

-Decí Aaaaaa. ¿Fumás vos?

Mierda, era cáncer esa molestia que sentí estos días. Yo sabía que tenía que dejar, lo sabía.

-Aaaaaa...- y asiento con la cabeza.
-¿En serio? Tenés suerte, no se te nota. ¿Cuánto fumás? Eeeeeee.
-Eeeeeee- le muestro seis dedos y hago un gesto extraño que significa más o menos.
-Ah, bueno, no es tanto. Igual seguramente sabés que lo ideal sería nada... Aaaaaa, de vuelta.
-Aaaaaaa.

Silencio incómodo y o tragaba o me caía un hilo de baba por la comisura de los labios.

-Precioso ese epiglotis. ¿Hacés pesas vos? Oooooo.
-¿...? Ooooooo...
-Parece, te juro. Tenés unos músculos impresionantes acá... ¿Hacés o hiciste canto lírico o algo? Eeeeeeee.
-Eeeeeee... - y leve rotación de la cabeza hacia un lado y hacia otro, con un gesto de extrañeza inocultable.
-Nooo, querido, es un desperdicio. Tenés que hacer algo con esta laringe, es una belleza. Última vez, Aaaaaaa.
-Aaaaaaa...
-De verdad te digo. Tenés que pensar seriamente en empezar a practicar algo. Y dejar de fumar, que si me arruinás esos tiroaritenoideos te mato. Listo.

Yo me imagino con el vestuario de Pinkerton y cantando Addio fiorito asil y me ataca una mezcla inocultable de risa y vergüenza ajena. Está todo perfecto. Un gusto, de nuevo, ¿eh? No, querido, el gusto es mío; y hacéme caso con lo del canto.

Claro, en realidad siempre tuve que haberlo sabido. Semejante belleza visible necesariamente debía tener un correlato visceral.