lunes, 2 de octubre de 2006

Cualquier semejanza con la realidad (no) es pura coincidencia

Mmm... El template está comportándose de formas por demás extrañas. Definitivamente lo mío es más la literatura y la medicina que la edición de html. Prometo arreglarlo tan pronto como pueda, o como se me dé la gana (que viene a ser más o menos lo mismo, ¿no?)


* * *

Tenía sueño. Odiaba tener sueño. El ascensor lo escupió en la planta baja y casi al unísono tuvo la particular sensación de que hacía frío y de que en unas horas ese pringoso y porteñísimo calor primaveral iba a molestarle.

Primera dosis de nicotina y antihistamínicos ad hoc.

There is things in my life I can’t control (le encantaba que así fuera) y si seguía con ese ritmo de alimentación y ese constante estado de duermevela su cerebro iba a pasar del estado de asamblea permanente y movilización al de sanguinario levantamiento en armas. Sonaba como su madre a veces. Sólo a veces.

Plan-plán y casi sin darse cuenta al principio descubrió sus sentidos inundados por un repentino, exquisito, escandaloso blend de apple martini, escaleras con acento inglés y Gestapo patagónica. Cerró los ojos para saborearlo con más cuidado (así daba gusto amanecer temprano) y sonrió. Casi imperceptiblemente primero. Sin mostrar las encías, claro. Sonrió para él mismo, como hacía tiempo no lo hacía. Y mientras sonreía notó que el empalagoso sonido de ese violoncelo era casi inaudible ya. Que el gusto a elevador de la escápula y a hojas de oro se había desvanecido por completo. Que no quedaban ni rastros de ese indescriptible olor a constantes vacaciones que se respira en el Soho. Que las tablitas de madera flojas en el piso habían dejado de ser un detalle sin importancia para convertirse en un signo de vomitiva decadencia londinense, y que dos pisos por escalera eran un trabajo demasiado mal remunerado. Que Vivaldi le resultaba más repelente que nunca, que las cartas eran anacrónicas y que una cacería opus treinta y siete en B-flat minor era una soberana pelotudez. Bueno, tal vez eso último no. Pero sí, los caracoles y las vaquitas de San Antonio definitivamente eran mucho más pintorescos que un par de zapatillas con los cordones imposibles de desatar.

Puta e incurable esa manía de mirarse sistemáticamente en cualquier superficie remotamente espejada se le cruzaba. No sabía si más puta que incurable o más incurable que puta, y no tenía intenciones de averiguarlo.

Uñas impecables y medias al tono. Una casa en un lago, qué bueno que sería. Con tres dimensiones nomás, aunque con un margen suficiente para ampliarla a cuatro o cinco si fuera necesario. Pero –no sabía cómo– estaba seguro de que no lo sería. Por una vez todo parecía ir sobre rieles de más de dos semanas de largo, y se sentía delicioso. Qué año, carajo, qué año.
Miró cómo el hombrecito anaranjado y enfundado en un traje de dos botones parpadeaba del otro lado de la calle. Un recuerdo inconfesable de tan escandaloso se despatarró en su mente. Se detuvo y volvió a sonreír. Mostrando las encías.